Un pecio romano podría revelar cómo era la vajilla que Cicerón encargó hace más de dos mil años

Una frase de Cicerón que ha sobrevivido durante dos milenios

Marco Tulio Cicerón, destacado orador, político y filósofo romano, considerado una de las figuras más importantes de la literatura y la retórica latina | iStock

Miles de piezas de cerámica fina halladas frente a la costa de Turquía han sido relacionadas con la misteriosa «vajilla de Rhosos» que Cicerón mencionó en una carta del año 50 a. C., aunque todavía no existen pruebas que permitan identificar el cargamento con aquel pedido concreto

En febrero del año 50 a. C., Marco Tulio Cicerón se encontraba lejos de Roma. El célebre orador y político ejercía entonces como gobernador de Cilicia, una provincia que abarcaba territorios del sur de la actual Turquía. Desde allí mantenía una intensa correspondencia con Tito Pomponio Ático, uno de sus amigos y confidentes más cercanos.

En una de aquellas cartas apareció una petición aparentemente trivial que, más de dos mil años después, ha adquirido un inesperado interés arqueológico. Cicerón comunicaba a Ático que había encargado una vajilla de Rhosos y bromeaba sobre los recipientes en los que su amigo acostumbraba a servir la comida.

La referencia es breve y no describe con precisión las características de aquellos objetos. No conocemos el número de piezas, sus formas, su decoración ni podemos asegurar siquiera qué significaba exactamente la expresión empleada por Cicerón para referirse a ellas.

Ahora, un antiguo barco mercante hundido frente a la costa mediterránea de Turquía ha devuelto al primer plano aquella frase. Su cargamento contiene miles de piezas de cerámica fina datadas aproximadamente en la misma época y procedentes de una región relacionada con el Mediterráneo oriental.

La posibilidad resulta fascinante, pero exige una distinción fundamental. Los arqueólogos no han encontrado la vajilla personal de Cicerón. Lo que ha aparecido es un cargamento que podría ayudar a identificar el tipo de cerámica al que el romano se refería cuando escribió a Ático.


Miles de platos quedaron atrapados en el fondo del Mediterráneo

El pecio se encuentra frente a Adrasan, en la actual provincia turca de Antalya, a una profundidad aproximada de entre 42 y 55 metros.

Aunque el naufragio era conocido desde hacía décadas y fue objeto de una investigación publicada en 2023 por los arqueólogos Hakan Öniz y Emre Okan, las excavaciones submarinas comenzaron en 2025. Desde entonces han permitido documentar y recuperar parte de un cargamento extraordinariamente abundante.

Bajo el agua permanecen miles de platos, cuencos y bandejas. Entre las piezas recuperadas recientemente se encuentran 122 recipientes de distintas dimensiones y funciones, desde pequeños platos hasta cuencos y grandes bandejas.

La cerámica se ha relacionado con la denominada Sigillata Oriental A, una producción de vajilla fina caracterizada por sus superficies rojizas y ampliamente difundida por el Mediterráneo oriental durante las últimas fases del periodo helenístico y los comienzos de época romana imperial.

Su producción se ha asociado con el área de Siria y especialmente con el entorno de Antioquía. Precisamente en esa región se encontraba Rhosos, una antigua población costera situada en el golfo de Issos.

La coincidencia geográfica y cronológica constituye una de las razones que han llevado a plantear una posible relación entre el cargamento y la cerámica mencionada por Cicerón.


El barco transportaba la vajilla cuidadosamente protegida

El naufragio conserva además información excepcional sobre algo que normalmente desaparece del registro arqueológico. La manera en que estos objetos eran preparados para realizar largos viajes marítimos.

Las piezas estaban colocadas dentro de cajas de madera y algunas habían sido encajadas unas dentro de otras. Entre ellas se introdujeron capas de arcilla sin cocer que actuaban como material protector y reducían el riesgo de rotura durante el transporte.

La madera suele desaparecer con facilidad y los embalajes de mercancías antiguas rara vez llegan hasta nosotros en condiciones que permitan reconstruir su funcionamiento. En este caso, el ambiente submarino ha conservado evidencias que permiten aproximarse a la logística de un cargamento comercial de hace más de dos mil años.

La presencia de miles de recipientes semejantes indica además que no estamos ante el equipaje doméstico de los pasajeros de una embarcación, sino ante mercancías transportadas para su distribución.

El barco llevaba otros productos. Los arqueólogos han identificado ánforas relacionadas con diferentes islas del Egeo y monedas acuñadas en Antioquía durante el siglo I a. C. El conjunto permite situar el naufragio dentro de las intensas redes comerciales que comunicaban las costas del Mediterráneo oriental.


Un barco que quizá navegaba hacia Occidente

Los investigadores han planteado que la embarcación pudo iniciar su viaje en Arsuz, en la actual provincia turca de Hatay, cerca del territorio de la antigua Antioquía.

Desde allí habría navegado por la costa meridional de Anatolia antes de hundirse frente a Adrasan. Su destino último no se conoce con seguridad. La posibilidad de que transportara mercancías destinadas a mercados occidentales, incluida Italia, encaja con las grandes rutas comerciales mediterráneas de la época, pero reconstruir el itinerario completo de un barco a partir de su lugar de naufragio resulta necesariamente difícil.

Tampoco está determinado con absoluta certeza qué provocó su hundimiento. La existencia de accidentes submarinos en la zona ofrece una posible explicación y las condiciones meteorológicas pudieron intervenir, pero el fondo marino conserva el resultado del naufragio mucho mejor que sus últimos minutos.

Lo verdaderamente significativo es la carga. El pecio permite contemplar el comercio de vajilla fina no como una abstracción reconstruida mediante objetos dispersos por diferentes yacimientos, sino como un cargamento todavía concentrado en el lugar donde una operación comercial quedó interrumpida.


¿Es realmente la vajilla de Rhosos mencionada por Cicerón?

Esta es la cuestión más atractiva y también la que requiere mayor prudencia.

La proximidad cronológica es sugerente. Cicerón escribió sobre una vajilla de Rhosos en el año 50 a. C. y el cargamento pertenece al horizonte histórico de finales del periodo helenístico y comienzos de la dominación romana. También resulta significativa la relación de las cerámicas con la región de Antioquía y el norte del Levante.

Pero ninguna inscripción conservada en las piezas recuperadas indica que fueran propiedad de Cicerón o de Ático. Tampoco existe por ahora una cadena documental que permita relacionar aquel barco concreto con el encargo mencionado en la correspondencia.

De hecho, la hipótesis más interesante no necesita suponer que hemos encontrado literalmente los platos que esperaba recibir Cicerón.

La carta demuestra que en el siglo I a. C. existía una vajilla que un romano culto como Cicerón podía identificar mediante su relación con Rhosos. El pecio, por su parte, conserva un importante cargamento de cerámica fina procedente del Mediterráneo oriental. Si futuras investigaciones consiguen establecer que ambas referencias corresponden al mismo tipo de producción, texto y arqueología estarían documentando desde perspectivas diferentes una misma mercancía.

Eso permitiría comprender mejor qué estaba pidiendo Cicerón cuando escribió aquellas palabras.


Una vajilla que recorría un Mediterráneo conectado

El episodio muestra hasta qué punto las élites romanas dependían de circuitos comerciales que se extendían mucho más allá de Italia.

Durante el siglo I a. C., el Mediterráneo oriental albergaba algunos de los grandes centros urbanos y productivos del mundo antiguo. Antioquía se había convertido en una de las principales ciudades de la región y sus conexiones marítimas permitían distribuir mercancías a grandes distancias.

La cerámica fina podía formar parte de esos intercambios. Una vajilla no servía únicamente para contener alimentos. La calidad de la fabricación, el acabado de las superficies y determinadas formas podían transmitir prestigio y formar parte de las prácticas sociales asociadas a la mesa.

La correspondencia de Cicerón permite asomarse precisamente a ese mundo desde una perspectiva excepcionalmente cotidiana. Entre discusiones políticas, asuntos administrativos y preocupaciones personales aparecen compras, regalos y objetos que formaban parte de la vida diaria de las élites romanas.

La arqueología submarina ofrece ahora la otra cara de ese consumo. Antes de terminar sobre una mesa, aquellos recipientes tenían que ser fabricados, embalados, transportados hasta un puerto, cargados en un barco y enviados a través del Mediterráneo.

A veces el viaje terminaba en el fondo del mar.


Una carta y un naufragio separados por dos mil años

Las excavaciones deberán continuar entre las rocas y sedimentos que todavía cubren buena parte del cargamento. El estudio de las formas cerámicas, las pastas, los lugares de producción, las monedas y el resto de materiales será fundamental para precisar la cronología y reconstruir el origen y destino probable de la embarcación.

Solo entonces podrá evaluarse con mayor precisión hasta dónde puede llevarse la comparación con la vajilla mencionada por Cicerón.

Por ahora, el hallazgo no permite afirmar que haya aparecido su pedido perdido. Esa identificación convertiría una posibilidad sugerente en una certeza que las evidencias disponibles todavía no sostienen.

El pecio ofrece algo igualmente valioso. Mientras una carta escrita en el año 50 a. C. conserva el nombre de una vajilla que Cicerón esperaba recibir, frente a las costas de Anatolia permanece un cargamento de miles de recipientes que nunca completaron su viaje. Dos testimonios distintos de una misma realidad histórica, la enorme red de personas, talleres, puertos y barcos que hacía posible que un romano pudiera encargar desde una provincia lejana los platos que quería colocar sobre su mesa.

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