Descubren en Japón una figura funeraria de hace 1.500 años que podría representar a una sacerdotisa

Una figura humana aparece junto a una antigua tumba japonesa

Los arqueólogos recuperaron un haniwa (una figura de arcilla) con forma humana de un túmulo funerario en Japón | Crédito de la imagen: Fundación de Investigación Arqueológica de Gunma

Una escultura de arcilla hallada en un túmulo del siglo V, en la prefectura japonesa de Gunma, conserva un elaborado peinado, brazaletes, restos de pigmento rojo y un posible objeto ritual. Los investigadores creen que podría representar a una mujer vinculada con las ceremonias funerarias del periodo Kofun.

En el siglo V d. C., las comunidades que habitaban diferentes regiones del archipiélago japonés construían grandes túmulos funerarios destinados principalmente a personajes de elevada posición social. Estas estructuras, conocidas como kofun, podían alcanzar dimensiones monumentales y formaban parte de un paisaje en el que los enterramientos también expresaban las relaciones de poder.

Alrededor de algunas tumbas se colocaban figuras de arcilla que representaban personas, animales, viviendas y diferentes objetos. Muchas de ellas han llegado hasta nuestros días y constituyen una fuente fundamental para conocer aspectos de las sociedades japonesas anteriores a la generalización de los testimonios escritos.

Una reciente excavación en el yacimiento de Nishikaminomiya, situado en la prefectura de Gunma, al noroeste de Tokio, ha permitido recuperar una de estas figuras con características especialmente interesantes.

Se trata de un haniwa antropomorfo, una escultura funeraria de arcilla que conserva la cabeza y parte del torso. La pieza presenta un peinado elaborado, adornos en las muñecas, restos de pigmento rojo y un objeto alargado sostenido en una de sus manos.

Según la interpretación difundida por las autoridades arqueológicas de Gunma, podría representar a una mujer que desempeñaba funciones rituales, posiblemente una figura comparable a las sacerdotisas conocidas como miko.

La identificación todavía es una hipótesis, pero el descubrimiento proporciona nueva información sobre las representaciones humanas que acompañaban a determinados enterramientos del Japón antiguo.


Un túmulo de 45 metros rodeado por un foso

El hallazgo se produjo durante las investigaciones arqueológicas realizadas en Nishikaminomiya, donde se han documentado cerca de una docena de túmulos funerarios fechados entre los siglos V y VI.

La figura apareció en el foso que rodeaba uno de los enterramientos más destacados del conjunto, una estructura de aproximadamente 45 metros de diámetro.

Los arqueólogos consideran que originalmente pudo encontrarse colocada en una posición más elevada, cerca de un sarcófago con forma de embarcación descubierto dentro del túmulo.

Con el paso del tiempo, los procesos de erosión y desplazamiento de materiales habrían provocado que la escultura terminara en el foso.

Esta interpretación resulta relevante porque la posición en la que aparece un objeto arqueológico no siempre coincide con el lugar donde fue depositado inicialmente.

En los grandes túmulos japoneses, las figuras de arcilla podían distribuirse por diferentes sectores de la construcción funeraria. Algunas formaban alineaciones o delimitaban espacios, mientras que otras se situaban en lugares destacados de las plataformas y superficies del monumento.

Por tanto, reconstruir la ubicación original del haniwa resulta fundamental para comprender su posible función.

El hallazgo en el foso no demuestra que la figura estuviera destinada a ese espacio. Su asociación con el sarcófago constituye una propuesta arqueológica que deberá valorarse junto con la distribución de los demás materiales recuperados.


Los haniwa y las grandes tumbas del periodo Kofun

El periodo Kofun recibe su nombre precisamente de los grandes túmulos funerarios que comenzaron a construirse en Japón durante los primeros siglos de nuestra era.

Su cronología suele situarse, de manera aproximada, entre mediados del siglo III y finales del VI o comienzos del VII, aunque los límites varían según los criterios utilizados. En ocasiones, esta etapa se integra dentro de una periodización más amplia del Japón antiguo.

Durante estos siglos se desarrollaron importantes transformaciones políticas y sociales, especialmente relacionadas con la consolidación de élites regionales y el crecimiento del poder de Yamato.

Los túmulos constituyen una de las principales evidencias materiales de aquellos procesos.

Algunas tumbas alcanzaron dimensiones extraordinarias y presentan plantas características, entre ellas las conocidas estructuras con forma de ojo de cerradura, compuestas por una parte circular y otra trapezoidal.

Otras adoptaron formas circulares o cuadrangulares.

La diversidad de tamaños y características arquitectónicas refleja diferencias regionales, cronológicas y sociales. Los grandes enterramientos exigían movilizar trabajadores, organizar recursos y disponer de conocimientos constructivos considerables.

En ese contexto aparecieron los haniwa, figuras elaboradas generalmente con arcilla y cocidas para obtener piezas resistentes.

Las primeras formas incluían elementos cilíndricos relativamente sencillos, mientras que posteriormente se desarrolló un repertorio mucho más variado de representaciones.

Entre ellas encontramos guerreros, personajes con diferentes vestimentas, animales, viviendas y objetos asociados con actividades sociales.

Su interpretación continúa siendo objeto de investigación. Aunque se relacionan claramente con el ámbito funerario, no existe una explicación única que permita atribuir la misma función a todas las figuras.


Una mujer representada con un elaborado peinado

La escultura descubierta en Nishikaminomiya conserva aproximadamente 40 centímetros de altura, correspondientes a la cabeza y el torso.

Como falta la parte inferior, los investigadores consideran que originalmente pudo alcanzar unas dimensiones mayores.

Uno de sus rasgos más destacados es el peinado, recogido en una forma elaborada que las autoridades japonesas han relacionado con representaciones femeninas de carácter ceremonial.

El comunicado describe un moño identificado con una denominación tradicional japonesa, aunque conviene ser prudentes al trasladar categorías de peinados conocidas en épocas posteriores a una figura del siglo V.

Lo importante desde el punto de vista arqueológico es que la disposición del cabello parece haber sido representada deliberadamente y constituye uno de los elementos utilizados para interpretar la identidad social del personaje.

La escultura también presenta una nariz prominente y dedos cuidadosamente modelados.

En ambas muñecas se distinguen brazaletes de arcilla acompañados por restos de pigmento rojo. Sobre el torso aparece una banda o faja pintada del mismo color.

La mano izquierda sostiene un objeto alargado que los investigadores interpretan como un posible instrumento ritual.

La combinación de estos elementos ha llevado a plantear que la figura representa a una mujer vinculada con ceremonias religiosas o funerarias.

Sin embargo, la identificación de un personaje como sacerdotisa no puede basarse exclusivamente en su peinado o sus adornos. Para sostener esa interpretación es necesario comparar la pieza con otras representaciones semejantes y estudiar el contexto en el que apareció.

Vista aérea de la tumba donde los arqueólogos encontraron la estatuilla de la sacerdotisa | Crédito de la imagen: Fundación de Investigación Arqueológica de Gunma

¿Una sacerdotisa encargada de los rituales funerarios?

La hipótesis más llamativa del descubrimiento es que el haniwa represente a una mujer que desempeñaba funciones rituales.

Los investigadores han utilizado el término miko, empleado en Japón para designar a determinadas mujeres relacionadas con actividades ceremoniales y religiosas.

En las tradiciones sintoístas históricas, las miko han desarrollado diferentes funciones vinculadas con los santuarios, la mediación ritual y determinadas prácticas religiosas.

No obstante, identificar directamente una figura del siglo V con las sacerdotisas conocidas en periodos posteriores plantea dificultades históricas.

Durante el periodo Kofun existían prácticas rituales y creencias religiosas que contribuyeron a la formación de tradiciones japonesas posteriores, pero no podemos asumir que sus instituciones, funciones y denominaciones fueran idénticas a las del sintoísmo documentado en épocas más recientes.

La escasez de fuentes escritas contemporáneas obliga a reconstruir buena parte de aquel mundo religioso mediante evidencias arqueológicas y comparaciones con testimonios posteriores.

Por eso, la interpretación de la figura como una miko debe entenderse como una propuesta para explicar su apariencia y sus posibles atributos.

El objeto sostenido en la mano izquierda podría estar relacionado con alguna actividad ceremonial, pero todavía no se ha demostrado su función exacta.

Tampoco sabemos si la escultura representaba a una persona concreta, a una categoría de especialistas rituales o a un personaje simbólico relacionado con las ceremonias funerarias.

Estas posibilidades no son equivalentes y requieren pruebas diferentes.


El pigmento rojo y su posible significado

Otro aspecto destacado de la figura es la conservación de pigmento rojo en los brazaletes y en la banda que atraviesa el torso.

La utilización del color en contextos funerarios y rituales está ampliamente documentada en diferentes sociedades antiguas, aunque su significado depende de cada tradición cultural.

En el Japón del periodo Kofun, los materiales coloreados y determinados pigmentos aparecen asociados con diferentes objetos y espacios arqueológicos.

La presencia de pintura roja en esta escultura indica que sus fabricantes no se limitaron a modelar la forma del personaje, sino que incorporaron detalles cromáticos destinados a modificar su apariencia.

Es posible que esos elementos sirvieran para destacar determinadas prendas, adornos o atributos.

Sin embargo, no podemos atribuir automáticamente al rojo un significado relacionado con la sangre, la protección espiritual o la fertilidad sin evidencias específicas que respalden esa interpretación.

El color pudo desempeñar funciones visuales, sociales o rituales, y estas posibilidades no se excluyen necesariamente entre sí.

El estudio de la composición del pigmento y su distribución sobre la superficie podría ayudar a comprender mejor cómo fue decorada la pieza.

También permitiría establecer si existen paralelos técnicos con otras esculturas funerarias de la misma época.


Una escultura elaborada para ser observada de cerca

Los responsables de la investigación han destacado el cuidado con el que fueron modelados algunos detalles de la figura.

La representación de los dedos, la nariz y los adornos de las muñecas muestra una atención que no parece limitarse a los rasgos más visibles desde cierta distancia.

Este aspecto resulta interesante porque los haniwa podían colocarse en espacios abiertos alrededor de los túmulos, donde su apariencia dependía tanto de la posición como de la distancia desde la que fueran contemplados.

El trabajo dedicado a detalles relativamente pequeños sugiere que la elaboración de la pieza respondía a criterios que iban más allá de producir una silueta humana reconocible.

Los artesanos pudieron intentar representar elementos concretos de la indumentaria, el peinado o los atributos sociales del personaje.

No obstante, el grado de detalle tampoco permite determinar por sí mismo la importancia religiosa de la figura.

Para comprender su significado será necesario comparar su técnica y sus características con otros haniwa antropomorfos encontrados en enterramientos de cronología semejante.

Las semejanzas y diferencias entre estas representaciones pueden ofrecer información sobre convenciones artísticas, identidades sociales y posibles funciones ceremoniales.


Las mujeres y las prácticas rituales del Japón antiguo

El descubrimiento también invita a examinar el papel que pudieron desempeñar las mujeres en las actividades religiosas y ceremoniales de las sociedades japonesas anteriores a la consolidación de las instituciones históricas posteriores.

La arqueología del periodo Kofun ha documentado representaciones femeninas y enterramientos que permiten investigar la posición social de las mujeres dentro de las élites y las comunidades regionales.

Sin embargo, las figuras funerarias no constituyen retratos directos de la organización social.

Una representación femenina con atributos ceremoniales puede reflejar una función desempeñada por determinadas personas, una imagen idealizada o un elemento simbólico incorporado al monumento.

El contexto funerario añade otra dificultad. Los objetos depositados junto a los muertos podían expresar relaciones sociales, creencias o concepciones sobre la muerte que no necesariamente reproducían de manera literal las actividades cotidianas.

Por eso, la figura de Nishikaminomiya no demuestra por sí sola la existencia de una institución sacerdotal femenina organizada de la misma manera que las conocidas en épocas posteriores.

Sí aporta, en cambio, un nuevo testimonio material para estudiar cómo se representaban determinados personajes femeninos en el ámbito funerario del siglo V.

Su posible relación con actividades rituales deberá examinarse dentro del conjunto de evidencias disponibles para la región de Gunma y otros territorios del Japón antiguo.


Un hallazgo que amplía el conocimiento de los enterramientos Kofun

La recuperación de esta figura se suma a los numerosos descubrimientos que han convertido los túmulos japoneses en una fuente esencial para investigar las sociedades del primer milenio de nuestra era.

El conjunto de Nishikaminomiya, con cerca de una docena de estructuras funerarias fechadas entre los siglos V y VI, ofrece un contexto especialmente útil para estudiar las prácticas de enterramiento y las diferencias existentes entre distintos monumentos.

El haniwa recién descubierto destaca por la combinación de rasgos que conserva. Su peinado, los brazaletes, el pigmento rojo y el objeto sostenido en la mano izquierda permiten plantear una interpretación relacionada con las actividades ceremoniales.

Sin embargo, todavía quedan cuestiones importantes por resolver.

No conocemos su altura original, la posición exacta que ocupaba sobre el túmulo ni la identidad del personaje representado. Tampoco puede determinarse con seguridad si el objeto que sostiene tenía una función religiosa o si su apariencia respondía a una convención artística.

La posibilidad de que represente a una sacerdotisa constituye una hipótesis arqueológica interesante, pero no una identificación definitiva.

Lo que sí muestra el descubrimiento es la complejidad de las representaciones humanas utilizadas en los monumentos funerarios del periodo Kofun.

Hace unos 1.500 años, los responsables de aquel enterramiento incorporaron una figura de arcilla cuidadosamente elaborada a un espacio monumental destinado a los muertos. Su presencia formaba parte de una práctica funeraria cuyo significado todavía estamos reconstruyendo.

La escultura conserva suficientes detalles para investigar cómo se representaban determinadas identidades y atributos sociales, pero también recuerda los límites de una documentación arqueológica que rara vez permite conocer los nombres, las funciones exactas o las creencias de quienes fabricaron estos objetos.

En Nishikaminomiya, la figura no ha permitido identificar a una sacerdotisa concreta. Ha proporcionado algo diferente, una nueva evidencia para comprender el lugar que las representaciones humanas y las posibles actividades rituales ocupaban en los enterramientos del Japón antiguo.

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