Breno y el saqueo de Roma que los romanos nunca olvidaron
Cuando Roma todavía podía ser derrotada
A comienzos del siglo IV a. C., una fuerza gala derrotó al ejército romano junto al río Alia y llegó hasta la propia Roma, un desastre que la tradición convirtió en uno de los grandes traumas de la memoria republicana.
Mucho antes de convertirse en la gran potencia del Mediterráneo, Roma fue una ciudad de Italia central rodeada de vecinos capaces de amenazar seriamente su supervivencia. A comienzos del siglo IV a. C. acababa de imponerse sobre la poderosa ciudad etrusca de Veyes y ampliaba progresivamente su influencia, pero estaba todavía muy lejos de poseer la maquinaria militar que siglos después dominaría buena parte del mundo conocido.
Fue entonces cuando grupos galos establecidos al norte de los Apeninos penetraron hacia el centro de Italia. Entre ellos se encontraban los senones, un pueblo celta al que las fuentes antiguas relacionaron con un jefe llamado Breno.
La cronología exacta del episodio presenta problemas. La tradición romana situó la batalla del Alia y el posterior saqueo de Roma en torno al 390 a. C., mientras que otras reconstrucciones modernas desplazan los acontecimientos hacia el 387 o 386 a. C. Esta incertidumbre no cambia lo esencial. En algún momento de aquellos años, los romanos sufrieron una derrota tan grave que los galos pudieron entrar en la ciudad.
Buena parte de lo que sabemos procede además de autores como Tito Livio, Diodoro Sículo y Plutarco, que escribieron mucho después de los acontecimientos. Sus relatos mezclan memoria histórica, tradición familiar, explicación moral y episodios probablemente legendarios. Por eso conviene distinguir entre el núcleo histórico del desastre y las historias que Roma construyó posteriormente alrededor de él.
El desastre junto al río Alia
El ejército romano intentó detener a los galos cerca del río Alia, un pequeño curso de agua que desembocaba en el Tíber al norte de Roma.
Las fuentes describen una derrota rápida y desastrosa. La línea romana se descompuso ante el ataque enemigo y buena parte de los combatientes huyó hacia Roma o buscó refugio cruzando el Tíber. Algunos consiguieron llegar hasta Veyes, mientras otros regresaron precipitadamente a la ciudad.
Resulta difícil reconstruir con precisión la táctica empleada por los galos. Las narraciones antiguas insisten en su aspecto intimidante, sus gritos y su violencia en combate, pero esas descripciones forman también parte de una imagen literaria del bárbaro muy habitual entre escritores griegos y romanos.
La derrota, en cualquier caso, parece haber sido completa.
El aniversario de la batalla quedó asociado durante siglos a un día nefasto dentro de la tradición romana. No era para menos. Tras perder su ejército de campaña, Roma quedó prácticamente indefensa ante los vencedores.
Los galos entran en Roma
Después de la victoria, los galos avanzaron hacia la ciudad. La tradición asegura que encontraron las puertas abiertas y buena parte de Roma abandonada.
Los habitantes que pudieron hacerlo habrían buscado refugio en otros lugares, mientras una fuerza romana se concentraba en el Capitolio, una posición elevada mucho más fácil de defender.
Tito Livio convirtió la entrada de los galos en una de las escenas más dramáticas de toda su historia de Roma. Según su relato, algunos ancianos patricios permanecieron sentados en sus casas con sus vestimentas ceremoniales, esperando a los invasores.
Uno de los galos habría tocado la barba de un romano llamado Marco Papirio para comprobar si aquel hombre inmóvil era realmente humano. Papirio respondió golpeándolo con su bastón. El guerrero lo mató y la violencia se extendió inmediatamente.
Es una escena extraordinaria, pero también demasiado perfecta desde el punto de vista literario como para aceptarla sin reservas. Livio escribía varios siglos después y utilizaba con frecuencia episodios ejemplares para representar virtudes como la dignidad, el valor y el sacrificio de los antiguos romanos.
Lo que sí parece formar parte del núcleo histórico del acontecimiento es que Roma fue saqueada mientras los defensores resistían en el Capitolio.
Los gansos que salvaron el Capitolio
Otro de los episodios más famosos pertenece igualmente al terreno donde historia y leyenda resultan difíciles de separar.
Según la tradición, los galos intentaron alcanzar el Capitolio durante la noche ascendiendo silenciosamente por una zona escarpada. Los centinelas no detectaron el movimiento y ni siquiera los perros reaccionaron.
Lo hicieron los gansos consagrados a Juno.
Sus graznidos habrían despertado a Marco Manlio, uno de los defensores, que dio la alarma y consiguió rechazar a los primeros atacantes cuando alcanzaban la cima. El episodio convirtió a los animales sagrados de la diosa en protagonistas inesperados de la memoria histórica romana.
No existe manera de demostrar que aquella escena ocurrió exactamente de esa forma. Su importancia reside también en lo que revela sobre la manera en que los romanos recordaron el desastre.
Incluso dentro de una historia marcada por la derrota, la tradición necesitaba conservar episodios de resistencia y heroísmo.
Roma había sido ocupada, pero el Capitolio permanecía en manos romanas.
El oro de Roma y la espada de Breno
El enfrentamiento terminó finalmente mediante una negociación.
Según Livio y otras fuentes antiguas, los romanos aceptaron entregar a los galos una gran cantidad de oro para conseguir que abandonaran la ciudad. La tradición fijó el rescate en mil libras.
Durante el pesaje, los romanos habrían acusado a los galos de utilizar pesos manipulados. Breno respondió colocando su propia espada sobre la balanza y pronunciando unas palabras destinadas a convertirse en proverbiales.
Vae victis.
Ay de los vencidos.
La escena resume perfectamente el significado que los escritores romanos atribuyeron al episodio. El derrotado no tenía capacidad para exigir justicia porque era el vencedor quien imponía las condiciones.
También aquí debemos mantener cierta distancia crítica. No sabemos si Breno pronunció realmente aquellas palabras. Incluso la biografía del propio caudillo resulta difícil de reconstruir y su nombre, Brennus en las fuentes latinas, pudo haber sido un nombre personal, un título o una forma tradicional de designar a un dirigente galo.
Mucho más dudosa todavía es la continuación que ofrece Tito Livio. Según su relato, Marco Furio Camilo apareció cuando se estaba pesando el oro, anuló el acuerdo y derrotó posteriormente a los galos.
Esa recuperación inmediata del honor romano es considerada problemática por numerosos historiadores. Otras tradiciones antiguas permiten pensar que los galos recibieron efectivamente un rescate y abandonaron Roma después de conseguir un importante botín.
La versión de Camilo pudo servir para transformar una humillación difícil de aceptar en una historia con un desenlace mucho más digno para Roma.
El miedo a los galos sobrevivió al saqueo
Los galos se marcharon y Roma sobrevivió.
Eso no significa que el episodio desapareciera de su memoria.
Durante siglos existió en la cultura política romana un profundo temor a nuevas invasiones procedentes del norte. Las fuentes hablarían posteriormente del metus Gallicus, el miedo a los galos, una expresión que refleja hasta qué punto aquellas poblaciones continuaron siendo percibidas como una amenaza excepcional.
Hubo buenas razones para ello. Los enfrentamientos entre Roma y distintos pueblos celtas continuaron durante generaciones y el norte de Italia siguió siendo un espacio de conflicto hasta que la expansión romana terminó modificando completamente el equilibrio de fuerzas.
El desastre también se relacionó tradicionalmente con la construcción de unas defensas más poderosas alrededor de Roma. Las llamadas murallas servianas conservadas arqueológicamente pertenecen precisamente al siglo IV a. C., aunque reducir su construcción a una reacción inmediata contra Breno simplificaría un proceso defensivo y urbano más amplio.
Algo semejante ocurre con las reformas militares.
La antigua historiografía presentó a menudo la derrota gala como el acontecimiento que empujó a Roma a abandonar una falange de inspiración griega y adoptar progresivamente una organización manipular más flexible. La evolución del ejército republicano fue, sin embargo, un proceso prolongado que no puede atribuirse con seguridad a una única derrota.
Breno no creó por sí solo el ejército que conquistaría Italia.
Pero el recuerdo de hombres procedentes del norte capaces de derrotar a los romanos ante las mismas puertas de su ciudad permaneció muy vivo.
De la Roma saqueada a la conquista de la Galia
La historia adquiriría con el tiempo una poderosa ironía.
La pequeña República que había tenido que pagar o negociar la retirada de guerreros galos fue extendiendo su dominio por Italia y terminó convirtiéndose en una potencia mediterránea. A finales del siglo III y durante el II a. C., Roma conquistó progresivamente los territorios galos del norte de Italia.
Mucho después, entre el 58 y el 50 a. C., las campañas de Julio César sometieron gran parte de la Galia situada más allá de los Alpes.
Para entonces habían transcurrido más de tres siglos desde la invasión asociada a Breno, pero el recuerdo del peligro galo seguía siendo comprensible para cualquier lector romano.
Precisamente por eso el saqueo ocupa un lugar tan importante en la tradición histórica de Roma. No porque podamos aceptar literalmente cada detalle transmitido por Livio o Plutarco, sino porque mostraba algo que los romanos de épocas posteriores conocían perfectamente.
Roma no siempre había sido invencible.
Antes de conquistar Italia, derrotar a Cartago y extender sus legiones por el Mediterráneo, hubo un momento en que su ejército huyó, su ciudad fue ocupada y sus dirigentes tuvieron que negociar con los vencedores para conseguir que se marcharan.

Comentarios
Publicar un comentario