No todos los caminos llevaban a Roma, la red de calzadas del Imperio tenía muchos centros
Una red construida sobre un continente
El análisis digital de cerca de 300.000 kilómetros de vías romanas muestra que Roma era un nodo fundamental, pero ciudades como Antioquía, Ancira, Corinto o Bizancio desempeñaban un papel decisivo en una red condicionada por la geografía y las necesidades de cada territorio.
Pocas imágenes han tenido tanto éxito para representar el poder romano como la de una inmensa red de calzadas convergiendo en la capital del Imperio. La expresión «todos los caminos llevan a Roma» terminó convirtiendo aquella realidad histórica en una metáfora que todavía utilizamos. Sin embargo, contemplar las comunicaciones romanas como un sistema radial organizado alrededor de una única ciudad simplifica considerablemente lo que ocurrió sobre el terreno.
Un nuevo estudio internacional realizado por investigadores de la Universidad de Aarhus y la Universidad Queen Mary de Londres, junto con especialistas de otras instituciones europeas, ha analizado cerca de 300.000 kilómetros de carreteras romanas utilizando los datos de Itiner-e, un atlas digital dedicado a reconstruir las vías terrestres del mundo antiguo. Mediante técnicas de análisis de redes, los investigadores han estudiado las conexiones entre ciudades y la importancia relativa de las diferentes rutas dentro del sistema.
El resultado dibuja un Imperio mucho más policéntrico. Roma mantenía una importancia política, administrativa y simbólica indiscutible, pero la circulación terrestre no estaba organizada simplemente para conducir personas y mercancías hasta la capital. Las carreteras enlazaban numerosos centros regionales y respondían a necesidades militares, administrativas y económicas diferentes según el territorio.
La red viaria romana funcionaba, en este sentido, menos como una enorme rueda cuyos radios terminaban inevitablemente en Roma y más como una malla extendida sobre Europa, el norte de África y Asia occidental.
Las montañas también decidían por dónde pasaban las calzadas
Los ingenieros romanos han quedado asociados a una extraordinaria capacidad para modificar el paisaje mediante carreteras, puentes, túneles, desmontes, terrazas y muros de contención. Pero eso no significa que pudieran ignorar las características físicas del territorio.
El análisis muestra precisamente hasta qué punto la topografía condicionaba el trazado de las vías. Los romanos tendían a construir recorridos relativamente directos cuando el terreno lo permitía, pero montañas, valles, ríos y otros accidentes geográficos obligaban a modificar las rutas. Las carreteras romanas resultan, consideradas en conjunto, menos rectilíneas que las grandes vías modernas estudiadas por los investigadores.
La geografía tampoco actuaba únicamente como una dificultad que hubiera que superar. Determinados corredores naturales facilitaban los desplazamientos y terminaban concentrando comunicaciones entre regiones. El trazado de una calzada respondía así a una negociación constante entre la voluntad humana de conectar territorios y las posibilidades que ofrecía el paisaje.
A esa realidad física se sumaba la distribución de los asentamientos. Una carretera tenía sentido porque comunicaba ciudades, enclaves militares, centros administrativos y otras zonas relevantes para el funcionamiento de cada territorio. La red fue creciendo durante siglos sobre espacios muy diferentes y terminó adaptándose a ellos.
Roma no era siempre el centro de la red
Uno de los resultados más interesantes del estudio aparece al analizar qué ciudades ocupaban posiciones estratégicas como intermediarias entre diferentes sectores de la red.
Roma no encabezaba necesariamente esa función.
Ciudades como Antioquía, Ancira, Corinto y Bizancio aparecen entre los grandes nodos de las comunicaciones terrestres. Su importancia resulta comprensible cuando se observa su posición geográfica.
Corinto ocupaba un emplazamiento decisivo para comunicar el Peloponeso con el resto de Grecia. Ancira, la actual Ankara, se encontraba en una posición privilegiada dentro de las rutas que atravesaban Anatolia. Antioquía constituía uno de los grandes centros urbanos del Mediterráneo oriental y estaba vinculada a importantes corredores de comunicación del Próximo Oriente.
Bizancio ocupaba una posición todavía más singular. Situada junto al Bósforo, se encontraba en uno de los puntos fundamentales de conexión entre Europa y Asia. Mucho antes de convertirse en Constantinopla y en capital imperial, su ubicación ya hacía de la ciudad un lugar estratégico dentro de las comunicaciones terrestres.
El análisis identifica además un importante corredor que recorría sectores del norte de África y el Levante, alcanzaba Bizancio y continuaba después hacia Europa occidental. Visto desde esta perspectiva, el Mediterráneo romano aparece rodeado por una sucesión de redes regionales interconectadas y no simplemente subordinadas a una carretera imaginaria que terminaba siempre en Roma.
Incluso en Italia había caminos que evitaban la capital
La propia península itálica permite observar los límites de la conocida expresión.
Roma estaba situada aproximadamente en la zona central de la península y disponía de algunas de las carreteras más importantes del mundo romano. La Vía Apia, la Vía Flaminia, la Vía Aurelia y otras grandes arterias permitían conectar la ciudad con diferentes regiones de Italia.
Pero la posición de la capital no hacía necesario atravesarla para realizar cualquier desplazamiento.
El estudio ha identificado un importante corredor terrestre que recorría el sector adriático de la península sin pasar por Roma. Para determinados trayectos, desviarse hacia la capital habría supuesto sencillamente abandonar la ruta más eficiente.
Esta observación resulta importante porque obliga a diferenciar la centralidad política de la centralidad dentro de una red de transporte. Roma podía ser el corazón institucional del Imperio y, al mismo tiempo, no constituir el punto de paso más conveniente entre dos regiones alejadas.
Las carreteras tenían que resolver problemas prácticos. Transportar soldados, funcionarios, mensajes, animales y mercancías exigía conectar lugares concretos mediante recorridos razonablemente eficaces. La lógica del desplazamiento no tenía por qué coincidir siempre con la jerarquía política.
Las capitales provinciales articulaban sus propios territorios
El carácter policéntrico de la red aparece también cuando se estudian las provincias por separado.
Sus capitales tendían a ocupar posiciones destacadas dentro de las respectivas redes regionales. No resulta extraño. En ellas se concentraban funciones administrativas y políticas que generaban desplazamientos constantes de personas e información. Las vías permitían comunicar estos centros con otras ciudades y con diferentes zonas del territorio provincial.
Las grandes carreteras tenían además una importancia proporcionalmente mayor que las vías secundarias. Actuaban como corredores capaces de enlazar diferentes sectores de la red y facilitar los desplazamientos a mayor distancia.
Roma había construido así algo más complejo que una colección de carreteras destinadas a conectar provincias con la capital. Existían redes dentro de la propia red, con centros regionales capaces de organizar buena parte de las comunicaciones de su entorno.
Esta estructura contribuía también al funcionamiento de un territorio gigantesco. Un Imperio que se extendía desde Britania hasta el Próximo Oriente y desde el Rin y el Danubio hasta el norte de África no podía depender para cada desplazamiento de una conexión directa con Roma.
Las carreteras solo cuentan una parte de la historia
Existe, además, una limitación fundamental para interpretar estos resultados. El estudio analiza las comunicaciones terrestres, pero el Imperio romano no se movía únicamente por tierra.
El Mediterráneo era una enorme vía de comunicación.
El transporte marítimo permitía desplazar grandes cantidades de mercancías entre regiones alejadas y los ríos constituían también importantes corredores hacia el interior. Cereales, aceite, vino, cerámica y otros productos podían recorrer largas distancias utilizando diferentes combinaciones de rutas marítimas, fluviales y terrestres.
Esto cambia necesariamente nuestra percepción de Roma. Una ciudad que quizá no ocupaba la posición más importante como intermediaria dentro de determinados trayectos terrestres podía adquirir una centralidad mucho mayor cuando se incorporaban las comunicaciones marítimas.
Los propios investigadores señalan que integrar en futuros análisis las carreteras con las rutas fluviales y marítimas permitiría aproximarse mejor a la verdadera movilidad dentro del Imperio.
También existen límites en el registro disponible. Itiner-e constituye el conjunto de datos más detallado utilizado hasta ahora para este tipo de análisis, pero no conserva la totalidad de las carreteras que existieron durante siglos de dominio romano. Muchas vías han desaparecido, otras permanecen insuficientemente documentadas y la propia red fue cambiando con el tiempo.
Un Imperio conectado desde muchos centros
El estudio permite abandonar una imagen demasiado sencilla de las comunicaciones romanas. Las carreteras no formaban un sistema inmóvil diseñado de una vez para comunicar cada rincón del Imperio con su capital. Constituían una infraestructura enorme desarrollada durante siglos y adaptada a geografías, ciudades y necesidades regionales muy diferentes.
Roma seguía siendo Roma. Allí se concentraban durante buena parte de la historia imperial el poder político, el Senado, la corte y algunos de los principales organismos administrativos. Pero la vida cotidiana de las provincias no consistía en viajar constantemente hacia la capital.
Antioquía podía organizar las comunicaciones de una parte del Mediterráneo oriental. Ancira articulaba importantes rutas anatolias. Corinto ocupaba un paso esencial dentro de Grecia y Bizancio enlazaba dos continentes. Las capitales provinciales hacían lo mismo a menor escala en sus respectivos territorios.
Incluso resulta significativa la relación detectada entre la densidad de determinadas vías romanas y la presencia de importantes corredores de transporte actuales, aunque esa correspondencia varía según las regiones y no implica necesariamente una continuidad directa.
Las calzadas romanas fueron una de las grandes infraestructuras del mundo antiguo precisamente porque no respondían a una única dirección. Permitían conectar entre sí las numerosas piezas de un territorio inmenso.
No todos los caminos llevaban a Roma. Muchos llevaban simplemente allí donde hacía falta ir.

Comentarios
Publicar un comentario