Lisandro, el espartano que derrotó a Atenas y terminó inquietando a la propia Esparta
El hombre que debía ganar una guerra que duraba demasiado
De origen relativamente modesto, Lisandro convirtió la ayuda persa y una audaz estrategia naval en las armas que permitieron a Esparta vencer en la guerra del Peloponeso. Su ascenso posterior muestra también las dificultades que encontraron los espartanos cuando pasaron de combatir por la hegemonía de Grecia a intentar ejercerla.
Cuando Lisandro alcanzó el cargo de navarco, hacia 408 a.C., Atenas y Esparta llevaban más de veinte años enfrentándose en la guerra del Peloponeso. Lo que había comenzado en 431 a.C. como una lucha entre dos grandes bloques de poder griegos se había convertido en un conflicto agotador en el que ninguna de las dos potencias había conseguido imponerse definitivamente.
Sabemos poco sobre los primeros años de Lisandro. Su padre se llamaba Aristócrito, pertenecía al clan espartano de los Heráclidas y la familia no parece haber disfrutado de una posición económica especialmente acomodada. Las fuentes señalan incluso que Lisandro necesitó ayuda para completar la educación y formación militar propias de un ciudadano espartano. Su trayectoria posterior resulta por ello especialmente significativa, porque terminaría convirtiéndose en uno de los hombres más poderosos de Grecia.
Su gran oportunidad llegó con el mando naval. Esparta era célebre por su ejército terrestre, pero derrotar definitivamente a Atenas exigía enfrentarse también a una potencia cuya supervivencia dependía del mar. Lisandro comprendió además que aquella guerra no podía ganarse únicamente con soldados y barcos. Hacía falta dinero.
La respuesta estaba al otro lado del Egeo. El espartano estableció una estrecha relación con Ciro el Joven, príncipe aqueménida e hijo del rey Darío II. La financiación persa permitió sostener una poderosa flota espartana y pagar a sus tripulaciones. La paradoja era considerable. Décadas después de las guerras médicas, el enfrentamiento entre las principales potencias griegas estaba siendo decidido en parte gracias al oro del Imperio persa.
Egospótamos y el final del poder ateniense
Lisandro demostró pronto que sabía utilizar aquella flota. Hacia 407 a.C. obtuvo una importante victoria frente a los atenienses en Notio, cerca de Éfeso. Allí derrotó a una fuerza dirigida por Antíoco, subordinado de Alcibíades. Las consecuencias políticas fueron importantes y Alcibíades acabó apartado del mando.
Pero la victoria que convirtió definitivamente a Lisandro en una figura histórica llegó en 405 a.C.
Las flotas ateniense y espartana se encontraron en el Helesponto, una región fundamental porque por aquellas aguas circulaban los suministros de cereal de los que dependía Atenas. Lisandro disponía de unos doscientos barcos financiados con ayuda persa. Durante varios días evitó aceptar el combate que le ofrecían los atenienses. Su aparente pasividad terminó relajando la vigilancia enemiga.
Al quinto día llegó el ataque.
Buena parte de las tripulaciones atenienses se encontraba en tierra cuando los espartanos se lanzaron sobre sus naves. El resultado fue una catástrofe. Según la tradición recogida por las fuentes, únicamente ocho barcos atenienses consiguieron escapar. Lisandro ordenó después ejecutar a unos tres mil prisioneros.
Egospótamos no fue simplemente otra derrota naval. Atenas había perdido la flota que garantizaba sus comunicaciones y, con ella, buena parte de sus posibilidades de continuar la guerra.
Lisandro navegó posteriormente hasta el Pireo y bloqueó la ciudad. También dispuso que los atenienses encontrados fuera de ella fueran ejecutados, una medida que contribuía a concentrar población dentro de las murallas y aumentaba la presión sobre unas reservas alimentarias cada vez más escasas. En la primavera de 404 a.C., agotada y amenazada por el hambre, Atenas terminó rindiéndose.
La guerra del Peloponeso había terminado.
Lisandro decidió qué hacer con la Atenas derrotada
La victoria abrió una cuestión que habría parecido impensable unos años antes. Qué hacer con Atenas.
Corinto y Tebas defendieron una solución extrema y reclamaron su destrucción. Lisandro se opuso. Atenas sobrevivió, pero tuvo que derribar los Muros Largos que la conectaban con el Pireo, entregar prácticamente toda su flota, aceptar fuertes condiciones económicas y soportar una guarnición espartana.
También se instauró el régimen oligárquico conocido como los Treinta Tiranos.
Lisandro se encontraba entonces en la cima de su prestigio. La victoria fue celebrada mediante ofrendas y monumentos, pero ninguna representación resulta tan reveladora de la posición que había alcanzado como el llamado Monumento de los Navarcas levantado en Delfos.
Allí aparecían los dioses olímpicos y los responsables de la victoria espartana. Lisandro ocupaba una posición excepcional entre ellos. Era el único mortal representado mientras Poseidón lo coronaba.
Para un mundo político que desconfiaba profundamente de quienes acumulaban demasiado poder personal, aquello decía mucho más que una simple celebración militar.
Esparta ganó el Imperio ateniense y descubrió lo difícil que era gobernarlo
La derrota de Atenas modificó el equilibrio político de Grecia. Esparta había combatido durante décadas contra el poder ateniense, pero ahora tenía que decidir cómo administrar su propia hegemonía.
Lisandro desempeñó un papel fundamental en ese proceso. En distintas ciudades fueron establecidos gobiernos oligárquicos favorables a Esparta, las llamadas decarquías, y se impusieron tributos. El problema era que los espartanos poseían una extraordinaria tradición militar, pero carecían de una estructura administrativa adecuada para gobernar un espacio político semejante al que había controlado Atenas.
La política aplicada en muchas ciudades fue además lo suficientemente dura como para generar rápidamente oposición. Incluso antiguos aliados como Corinto y Tebas comenzaron a contemplar con preocupación el crecimiento del poder espartano.
El propio Lisandro contribuía a alimentar esas sospechas.
Su comportamiento en Anatolia fue criticado en Esparta por considerarse excesivamente lujoso para las austeras costumbres que los espartanos atribuían a su propia sociedad. Todavía más llamativo fue el culto que llegó a recibir en Samos, donde fue venerado como una figura divina. Según la fuente utilizada, se trataba de algo sin precedentes para un griego todavía vivo.
El hombre que había proporcionado a Esparta su mayor victoria comenzaba a resultar incómodo.
Cuando el vencedor dejó de ser necesario
Los dirigentes espartanos acabaron apartando progresivamente a Lisandro. Sus cargos no fueron renovados y su influencia comenzó a reducirse. La relación con Agesilao, a quien había ayudado anteriormente, terminó deteriorándose cuando este alcanzó el trono.
Pero Grecia estaba lejos de haber encontrado la estabilidad.
En 395 a.C., Atenas, Tebas, Corinto y Argos formaron una coalición contra Esparta. Comenzaban las guerras corintias y Lisandro volvió a ser llamado para combatir.
Su última campaña lo llevó a Beocia. Allí debía coordinar sus fuerzas con otro ejército espartano dirigido por el rey Pausanias II, pero atacó Haliarto sin esperar a que ambos contingentes pudieran reunirse. Lisandro murió combatiendo contra los tebanos ante las murallas de la ciudad. Plutarco afirma que su cadáver fue trasladado hasta Panope, en el camino entre Queronea y Delfos, donde se levantó un monumento funerario.
Su muerte no resolvió los problemas que había dejado la victoria espartana. La hegemonía de Esparta comenzó a mostrar sus límites y, unas décadas después, la derrota frente a Epaminondas en Leuctra, en 371 a.C., acabó definitivamente con su posición como potencia dominante de Grecia.
El general que cambió el equilibrio de Grecia
La figura de Lisandro quedó marcada desde la Antigüedad por una profunda ambivalencia. Había sido el hombre capaz de conseguir lo que durante décadas parecía imposible. Derrotar a la flota ateniense, bloquear Atenas y poner fin a la guerra del Peloponeso.
Pero sus métodos fueron implacables. Las ejecuciones de Egospótamos, la dureza aplicada contra las ciudades derrotadas y las maniobras políticas posteriores alimentaron una reputación de hombre astuto y poco escrupuloso. Plutarco conservó una frase atribuida al propio Lisandro que resume perfectamente esa imagen. Cuando la piel del león no bastaba, decía, había que completarla con la del zorro.
Después de su muerte circularon incluso acusaciones según las cuales habría pretendido transformar la tradicional doble monarquía hereditaria de Esparta en un sistema electivo. La noticia procede de sus enemigos y no permite asegurar que semejante proyecto existiera realmente, pero revela hasta dónde había llegado la desconfianza hacia él.
Lisandro había ganado para Esparta una guerra de casi tres décadas. Lo que ni él ni sus compatriotas consiguieron fue convertir aquella victoria en un dominio estable. Atenas había sido derrotada, pero el vacío que dejó su hegemonía abrió una nueva lucha entre las ciudades griegas. En ese sentido, Egospótamos no cerró una época de conflictos. Simplemente cambió quién parecía tener ventaja cuando comenzó la siguiente.

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