El viaje del anacardo desde Brasil hasta Asia

Un fruto americano mucho antes de la llegada de los portugueses

Poblaciones indígenas de Brasil procesando anacardos, una planta originaria de América tropical cuyo aprovechamiento era conocido mucho antes de que los portugueses la difundieran por África y Asia durante el siglo XVI.

Originario de América tropical y aprovechado por poblaciones indígenas mucho antes de la llegada europea, el anacardo cruzó el Atlántico durante la expansión portuguesa del siglo XVI y encontró en la India y África nuevos territorios donde arraigar.

Cuando los portugueses comenzaron a instalarse en las costas de Brasil durante el siglo XVI, el anacardo no era ninguna novedad para las poblaciones que habitaban aquellas tierras. El árbol, Anacardium occidentale, es originario de América tropical y ya era conocido y aprovechado por comunidades indígenas mucho antes del contacto con los europeos.

Entre los pueblos tupíes se documentaron denominaciones relacionadas con el término acajú, del que proceden palabras actuales como cajú y, a través de diferentes lenguas europeas, cashew en inglés. La historia del anacardo comenzó así mucho antes de su incorporación a las redes comerciales portuguesas. Los europeos no descubrieron un alimento desconocido para todos, sino que entraron en contacto con una planta integrada desde hacía generaciones en los conocimientos y prácticas alimentarias indígenas.

Su aspecto debió de resultar llamativo para quienes nunca lo habían visto. Lo que habitualmente llamamos fruto seco aparece en el extremo de una estructura carnosa de color amarillo, naranja o rojizo conocida como manzana de anacardo. Botánicamente, esa parte carnosa es un pseudofruto. El verdadero fruto es la estructura en forma de riñón situada en su extremo, dentro de la cual se encuentra la semilla que consumimos.

Esta peculiar anatomía escondía además una dificultad. El anacardo no podía comerse directamente después de arrancarlo del árbol.


Una semilla que necesita ser procesada

Entre la cáscara exterior y la semilla comestible se encuentran sustancias cáusticas que pueden provocar irritaciones y lesiones en contacto con la piel. Por eso el procesamiento del anacardo resulta imprescindible antes de consumirlo.

Las poblaciones indígenas de Brasil conocían procedimientos para aprovechar la planta y hacer comestible la semilla. El calor desempeñaba un papel fundamental en ese proceso, aunque sería excesivo reducir un conocimiento indígena complejo a la idea de que simplemente descubrieron que bastaba con arrojar los anacardos al fuego.

También resulta difícil sostener la curiosa historia según la cual los seres humanos habrían aprendido la técnica observando a monos capuchinos golpear o frotar los frutos contra piedras. Los capuchinos utilizan herramientas para acceder a determinados alimentos, incluido el procesamiento de frutos duros, pero convertir esa conducta en el origen demostrado de la técnica humana pertenece más al terreno de la narración atractiva que al de la evidencia histórica disponible.

Lo importante es otra cosa. Cuando los portugueses entraron en contacto con el anacardo encontraron tanto la planta como conocimientos indígenas que permitían aprovecharla.

A partir de ese momento comenzó una segunda historia, la de su expansión por varios continentes.


Los portugueses llevan el anacardo al otro lado del mundo

El siglo XVI transformó profundamente la distribución mundial de plantas, animales, alimentos, enfermedades y poblaciones humanas. Después de la apertura de rutas oceánicas permanentes entre Europa, América, África y Asia, especies que durante miles de años habían permanecido separadas comenzaron a desplazarse a una escala desconocida hasta entonces.

El historiador Alfred W. Crosby popularizó para una parte fundamental de este proceso la expresión Intercambio Colombino. Maíz, patata, tomate, cacao y numerosas especies americanas terminaron cultivándose muy lejos de sus regiones de origen, mientras animales, cultivos y microorganismos procedentes del Viejo Mundo modificaban profundamente los ecosistemas americanos.

El anacardo formó parte de esos movimientos globales.

Portugal ocupaba una posición especialmente favorable para trasladarlo. Su imperio marítimo conectaba Brasil con enclaves africanos y asiáticos mediante una red de puertos, barcos y rutas comerciales que recorrían el Atlántico y el Índico.

Durante la segunda mitad del siglo XVI, el anacardo llegó a territorios controlados o frecuentados por los portugueses en África y Asia. Uno de los lugares fundamentales para su expansión fue Goa, en la costa occidental de la India, incorporada al dominio portugués desde comienzos de aquel siglo.

El árbol americano acababa de encontrar un nuevo territorio donde prosperar.


Goa convirtió una planta extranjera en parte de su paisaje

El clima de numerosas regiones del subcontinente indio resultaba apropiado para el cultivo del anacardo. La planta se adaptaba además a suelos relativamente pobres y podía desempeñar diferentes funciones además de proporcionar alimento.

Se ha repetido con frecuencia que los portugueses introdujeron inicialmente el árbol en Goa para combatir la erosión del suelo. La explicación es plausible y forma parte de la tradición sobre la difusión del cultivo, aunque resulta prudente no presentarla como la única razón perfectamente documentada para su introducción. Las plantas viajaban por los imperios por motivos muy diversos y sus usos podían cambiar rápidamente una vez llegaban a nuevos territorios.

Eso fue precisamente lo que ocurrió con el anacardo.

Las poblaciones locales incorporaron progresivamente la planta a sus propias prácticas agrícolas y culinarias. La semilla encontró un lugar en diferentes preparaciones y terminó integrándose en cocinas que hoy asociamos profundamente con el sur de Asia.

Este proceso recuerda algo que a menudo olvidamos cuando hablamos de alimentos tradicionales. Una cocina puede incorporar ingredientes procedentes de lugares muy lejanos hasta convertirlos, con el paso de las generaciones, en parte de su propia identidad.

El tomate italiano, el chile asiático o la patata europea cuentan historias parecidas. Todos ellos son productos americanos transformados culturalmente después de atravesar los océanos.


Mucho más que la semilla que conocemos

La expansión del anacardo también permitió desarrollar aprovechamientos diferentes según cada región.

En buena parte de Europa estamos familiarizados sobre todo con la semilla tostada que encontramos en bolsas de frutos secos. Sin embargo, en las regiones productoras también se utiliza la parte carnosa que la sostiene.

La llamada manzana de anacardo es jugosa y puede consumirse o transformarse en bebidas, conservas y otros productos. Su conservación resulta difícil porque se deteriora rápidamente, lo que explica que apenas aparezca en los mercados de países alejados de las zonas de cultivo.

Goa ofrece uno de los ejemplos más interesantes de aprovechamiento local. Allí la manzana del anacardo se utiliza para elaborar feni, una bebida alcohólica estrechamente vinculada a la cultura de la región.

La planta llegada desde Brasil dejó así de ser simplemente una especie extranjera transportada por navegantes portugueses. Con el paso del tiempo pasó a formar parte del paisaje, la economía y determinadas tradiciones alimentarias de las sociedades que la adoptaron.


Una pequeña planta dentro de una primera globalización

El recorrido del anacardo permite observar a escala reducida uno de los grandes procesos de la Edad Moderna. Las expansiones marítimas ibéricas no transportaron únicamente soldados, comerciantes, misioneros o mercancías. También movieron seres vivos.

Las bodegas y cubiertas de los barcos trasladaron semillas, esquejes y plantas entre continentes. Algunas no prosperaron. Otras encontraron condiciones ambientales adecuadas y terminaron modificando paisajes enteros.

En ese proceso participaron conocimientos procedentes de sociedades muy diferentes. Los portugueses podían transportar una especie de un continente a otro, pero su aprovechamiento partía en ocasiones de saberes adquiridos de las poblaciones que ya la conocían. Después, las sociedades receptoras desarrollaban sus propias formas de cultivarla, procesarla y consumirla.

Por eso resulta insuficiente contar la expansión del anacardo únicamente como una hazaña portuguesa. Los navegantes fueron decisivos para su difusión intercontinental, pero la historia había comenzado antes en América y continuó después en África y Asia.


De árbol brasileño a cultivo mundial

Actualmente el anacardo se cultiva en numerosos países tropicales y forma parte de un mercado internacional de enormes dimensiones. India mantiene una relación especialmente estrecha con este producto tanto por su consumo como por su larga tradición de procesamiento, mientras otros países de Asia y África ocupan posiciones destacadas en su producción y comercio.

El mapa actual del anacardo apenas se parece al que existía antes del siglo XVI.

Su historia quedó marcada por la expansión europea, pero también por quienes conocieron la planta antes de aquella expansión y por las sociedades que la hicieron suya después. Los pueblos indígenas de América supieron aprovecharla, los portugueses la transportaron a través de sus rutas oceánicas y distintas comunidades africanas y asiáticas terminaron integrándola en sus propios paisajes y cocinas.

Cinco siglos después, comerse un puñado de anacardos parece un gesto completamente cotidiano. Detrás hay una historia que comenzó en los bosques tropicales de América y terminó recorriendo medio mundo a bordo de los barcos que conectaron por primera vez, de manera permanente, continentes hasta entonces separados.

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