Un sarcófago romano hallado en Westminster podría contener los restos de un abad medieval

Un sarcófago romano con un ocupante inesperado

Un sarcófago romano hallado en Westminster podría contener los restos de un abad medieval | Newsroom / Taylor and Francis Group / Pre-Construct Archaeology Ltd.

Un nuevo estudio de un enterramiento descubierto hace más de 150 años en la Abadía de Westminster revela que el esqueleto pertenece a un hombre fallecido entre los siglos X y XI. Los investigadores proponen que podría tratarse de Aelfwig o Wulnoth, dos abades que dirigieron el monasterio antes de la conquista normanda de Inglaterra.

En 1869, un sarcófago de piedra caliza encontrado en los terrenos de la Abadía de Westminster despertó el interés de los investigadores por una particularidad difícil de explicar. La inscripción de su superficie estaba dedicada a Valerio Amandino, un hombre acomodado que había vivido en la Britania romana durante los siglos IV o V. Sin embargo, la tapa mostraba una gran cruz latina tallada muchos siglos después.

Aquella combinación planteaba una pregunta que permaneció abierta durante generaciones. ¿Quién había sido enterrado realmente en el sarcófago?

La respuesta parecía encontrarse en los restos humanos descubiertos en su interior, pero durante mucho tiempo no fue posible determinar su antigüedad con suficiente precisión. La inscripción romana y la cruz medieval apuntaban a dos momentos históricos muy diferentes, separados por aproximadamente seis siglos.

Ahora, una investigación publicada en el Journal of the British Archaeological Association ha permitido avanzar considerablemente en la interpretación del enterramiento.

El estudio, realizado por Warwick Rodwell, arqueólogo consultor de la Abadía de Westminster, reúne nuevas observaciones arqueológicas, análisis antropológicos y una datación por radiocarbono. Sus resultados indican que el individuo murió durante la época anglosajona tardía, probablemente entre finales del siglo X y mediados del XI.

Rodwell considera que el sarcófago pudo reutilizarse para enterrar a un miembro destacado de la comunidad monástica de Westminster. Entre los posibles candidatos figuran dos abades conocidos por las fuentes históricas, Aelfwig y Wulnoth.

La identidad concreta continúa siendo una hipótesis, pero la investigación ha permitido reconstruir una parte importante de la historia del enterramiento.


De la Britania romana a la Inglaterra anglosajona

El sarcófago fue fabricado originalmente durante la ocupación romana de Britania, cuando Londinium era uno de los principales centros urbanos de la provincia.

La inscripción funeraria lo relaciona con Valerio Amandino, aunque desconocemos las circunstancias exactas de su enterramiento y la historia posterior del monumento.

Durante los siglos de dominio romano, los sarcófagos de piedra constituían una forma de sepultura relativamente costosa. Su fabricación requería disponer de materiales adecuados, transportarlos y encargar el trabajo a artesanos especializados. Por ello, su utilización solía estar relacionada con personas o familias que contaban con recursos económicos suficientes.

La presencia de una inscripción también refleja la importancia concedida a la identificación y conmemoración del difunto.

Pero la historia de este sarcófago no terminó con la desaparición de la administración romana en Britania durante el siglo V.

Mucho tiempo después, cuando Inglaterra estaba organizada en distintos reinos anglosajones y el cristianismo había adquirido una posición central en sus instituciones, alguien decidió recuperar aquella antigua sepultura y darle un nuevo uso.

La transformación más visible fue la modificación de la tapa, sobre la que se talló una gran cruz latina. Su estilo permite situar esa intervención aproximadamente entre los siglos X y XI.

El antiguo monumento funerario romano pasó así a formar parte de un contexto cristiano medieval.


Un esqueleto que se creía perdido

La investigación del sarcófago tiene una historia tan compleja como la propia pieza.

Aunque su descubrimiento suele fecharse en 1869, existen noticias de un hallazgo anterior. En 1820, unos trabajadores que intervenían en el entorno de la sacristía de Westminster encontraron accidentalmente el monumento y rompieron su tapa en seis fragmentos.

Décadas después, cuando el sarcófago volvió a recibir atención arqueológica, los daños fueron reparados.

Durante el siglo XIX se realizaron observaciones sobre los restos humanos. Una de las primeras descripciones los atribuía a un hombre joven, de constitución robusta, que no habría superado los treinta años y cuya estatura rondaría los 1,70 metros.

Sin embargo, las posibilidades de análisis de aquella época eran limitadas y las estimaciones no podían contrastarse mediante los procedimientos actuales.

Con el paso del tiempo llegó incluso a considerarse que los huesos habían desaparecido.

La situación cambió en 2016, cuando el sarcófago fue trasladado a un taller de conservación. Al levantar la tapa, los especialistas de Pre-Construct Archaeology comprobaron que en su interior permanecía un esqueleto casi completo.

La recuperación de aquellos restos permitió abordar de nuevo una investigación que llevaba décadas condicionada por la falta de información directa.


La datación por carbono sitúa el enterramiento en la Edad Media

Uno de los resultados más importantes del nuevo estudio procede del análisis de los huesos.

James Young Langthorne, especialista en restos humanos de Pre-Construct Archaeology, examinó el esqueleto y estimó que pertenecía a un hombre fallecido entre los 35 y los 49 años, con una estatura aproximada de 1,75 metros.

Estas conclusiones modifican las estimaciones realizadas durante el siglo XIX, especialmente en lo relativo a la edad del individuo.

La información decisiva llegó mediante la datación por radiocarbono.

Una muestra ósea fue enviada al Centro de Investigación Ambiental de las Universidades Escocesas, donde se obtuvo una cronología situada entre los años 987 y 1052 d. C.

El resultado confirmó que los restos humanos no correspondían al propietario romano mencionado en la inscripción.

El individuo había vivido unos seis siglos después.

La datación también encaja con la cronología propuesta para la cruz tallada en la tapa. Ambos elementos apuntan a una reutilización del sarcófago durante la etapa final de la Inglaterra anglosajona, antes de la conquista normanda de 1066.

No obstante, el radiocarbono no proporciona una fecha exacta de fallecimiento ni identifica a la persona enterrada. Para avanzar en esa cuestión es necesario comparar los resultados científicos con la documentación histórica conservada.


Aelfwig y Wulnoth, los dos candidatos

La cronología obtenida ha llevado a Warwick Rodwell a proponer que el esqueleto podría pertenecer a uno de los abades que dirigieron Westminster durante la primera mitad del siglo XI.

El primer candidato es Aelfwig, fallecido alrededor del año 1020.

El segundo es Wulnoth, su sucesor, que murió en 1049.

Ambas fechas se encuentran dentro del intervalo proporcionado por el análisis de radiocarbono. Además, las fuentes históricas relacionan a los dos personajes con la comunidad monástica de Westminster y permiten considerar plausible que fueran enterrados allí.

La edad estimada del esqueleto tampoco excluye a ninguno de ellos. Rodwell señala que desconocemos sus fechas de nacimiento, pero ambos podrían encajar si hubieran accedido al cargo siendo adultos jóvenes y hubieran fallecido alrededor de los cincuenta años.

El investigador considera que Aelfwig presenta una circunstancia ligeramente favorable, puesto que ya pertenecía a la comunidad monástica de Westminster antes de convertirse en abad.

Sin embargo, ese dato no constituye una prueba de identificación.

No se ha encontrado una inscripción medieval con el nombre del difunto ni otro elemento que permita atribuirle los restos de manera concluyente.

La propuesta de Rodwell se basa en la coincidencia entre la cronología, el contexto funerario, la posible posición social del individuo y los personajes históricos que pudieron recibir un enterramiento de esas características.

Por tanto, Aelfwig y Wulnoth son candidatos razonables, pero no puede afirmarse todavía que uno de ellos haya sido identificado.


Westminster antes de convertirse en una gran abadía real

El descubrimiento resulta especialmente interesante porque nos traslada a una etapa de Westminster anterior a la construcción del gran edificio gótico que conocemos actualmente.

Durante la primera mitad del siglo XI, Westminster era un monasterio benedictino cuya importancia fue creciendo en relación con el poder de la monarquía inglesa.

Su historia anterior a la conquista normanda resulta más difícil de reconstruir que la de los siglos posteriores, cuando la documentación se vuelve más abundante y las grandes transformaciones arquitectónicas dejaron testimonios monumentales.

Uno de los momentos decisivos llegaría bajo el reinado de Eduardo el Confesor, que impulsó la construcción de una nueva iglesia abacial durante el siglo XI.

El templo fue consagrado en 1065, poco antes de la muerte del monarca, y se convirtió en un edificio fundamental para la historia religiosa y política de Inglaterra.

La gran reconstrucción gótica comenzó mucho después, en el siglo XIII, durante el reinado de Enrique III.

Si el individuo enterrado en el sarcófago romano fue realmente Aelfwig o Wulnoth, habría pertenecido a una comunidad monástica anterior a aquellas grandes transformaciones.

Su sepultura ofrecería entonces un testimonio material de una fase de Westminster que quedó parcialmente oculta por las construcciones posteriores.


Un ataúd de madera dentro de una sepultura romana

La investigación ha permitido reconstruir otro detalle significativo del enterramiento.

En el interior del sarcófago, los especialistas identificaron el contorno rectangular de una estructura que había desaparecido casi por completo. Su presencia quedó marcada por un residuo blanquecino de cal.

Rodwell interpreta esas huellas como los restos de un ataúd de madera colocado originalmente dentro del sarcófago de piedra.

La madera se habría descompuesto durante los siglos que permaneció enterrada, pero su posición quedó reflejada en los depósitos conservados.

De acuerdo con esta reconstrucción, el difunto no habría sido depositado directamente sobre el fondo del antiguo sarcófago romano. Su cuerpo se encontraba dentro de un ataúd de madera que, a su vez, fue introducido en la estructura de piedra.

La combinación resulta especialmente interesante desde el punto de vista funerario.

El ataúd habría servido para contener el cuerpo, mientras que el sarcófago romano proporcionaba una envoltura exterior más resistente y monumental.

Rodwell considera que esta elección pudo responder al deseo de conceder al difunto un enterramiento especialmente distinguido.

Si pertenecía a un abad, la reutilización de una sepultura antigua y costosa podría interpretarse como una manifestación de su posición dentro de la comunidad religiosa.

Sin embargo, el valor simbólico concreto que los responsables del enterramiento atribuían al sarcófago no puede conocerse con seguridad.


La reutilización de monumentos romanos en la Edad Media

El caso de Westminster también permite observar un fenómeno frecuente en numerosos territorios de la Europa medieval.

Tras la desaparición del Imperio romano de Occidente, muchos edificios, monumentos y materiales constructivos continuaron formando parte del paisaje.

Las comunidades posteriores aprovecharon elementos arquitectónicos antiguos para levantar iglesias, reforzar murallas, construir viviendas o realizar nuevas obras.

En arqueología, esta práctica suele estudiarse mediante el concepto de reutilización de materiales, frecuentemente denominado spolia.

Sus motivaciones podían ser diversas. En ocasiones respondía a razones prácticas, porque disponer de piedra ya trabajada evitaba parte del esfuerzo necesario para extraerla y prepararla. En otros casos, la utilización de elementos antiguos podía adquirir un significado relacionado con el prestigio, la memoria o la apropiación simbólica del pasado.

El sarcófago de Westminster encaja dentro de ese amplio fenómeno, aunque presenta una particularidad destacada.

No se reutilizó simplemente como material de construcción, sino que conservó su función funeraria original.

La modificación de la tapa mediante una cruz latina permitió adaptar una sepultura de época romana a un nuevo contexto religioso.

El monumento mantenía así una parte de su identidad antigua, visible en la inscripción dedicada a Valerio Amandino, mientras adquiría otra relacionada con el cristianismo anglosajón.


Nuevas excavaciones para comprender la historia de la abadía

La investigación de Rodwell también ha utilizado información procedente de intervenciones arqueológicas recientes en el entorno de Westminster.

En 2009, el equipo del programa británico Time Team examinó aspectos de la arqueología y la estructura de la antigua sacristía de Enrique III, situada en el lado norte de la abadía.

Posteriormente, Pre-Construct Archaeology desarrolló nuevas excavaciones en ese sector, finalizadas en 2025, como parte de los trabajos relacionados con la construcción de la Sacristía del Rey Carlos III.

Estas investigaciones han permitido ampliar el conocimiento de un espacio que experimentó numerosas transformaciones a lo largo de la Edad Media y los siglos posteriores.

La combinación de datos arquitectónicos, documentación histórica y análisis de restos humanos resulta fundamental para comprender enterramientos como el del sarcófago romano.

En un lugar utilizado durante tantos siglos, las modificaciones del terreno y la superposición de construcciones pueden alterar o hacer desaparecer las relaciones arqueológicas originales.

Por eso, reconstruir la historia de una sepultura exige estudiar no solo los restos que contiene, sino también su localización, los cambios sufridos por el entorno y las intervenciones realizadas desde su descubrimiento.


Un nombre posible para un hombre enterrado hace mil años

El sarcófago romano de Westminster reúne en una misma pieza varios momentos de la historia de Inglaterra.

Fue fabricado durante la ocupación romana y recibió una inscripción dedicada a Valerio Amandino. Siglos después, alguien decidió reutilizarlo como sepultura cristiana y modificar su tapa mediante una gran cruz.

En su interior fue depositado un hombre que murió entre finales del siglo X y mediados del XI, posiblemente un miembro destacado de la comunidad monástica de Westminster.

Los análisis actuales permiten conocer su sexo, estimar su edad y estatura y situar cronológicamente su fallecimiento. También han identificado las huellas de un ataúd de madera que desapareció con el paso del tiempo.

La hipótesis de Warwick Rodwell añade dos nombres a esa reconstrucción, Aelfwig y Wulnoth, ambos abades de Westminster durante la etapa anglosajona tardía.

Todavía no existen pruebas suficientes para decidir entre ellos.

Pero el estudio ha conseguido resolver una cuestión fundamental que permanecía abierta desde el siglo XIX. El esqueleto no pertenecía al romano mencionado en la inscripción, sino a un hombre que vivió aproximadamente seiscientos años después.

El sarcófago, actualmente expuesto en las Galerías del Jubileo de Diamante de la Reina de la Abadía de Westminster, conserva así una doble historia funeraria. La de un personaje de la Britania romana cuyo nombre quedó grabado en piedra y la de un posible abad medieval cuya identidad continúa investigándose.

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