Los mitos del origen del mundo: cómo las civilizaciones imaginaron el comienzo de todas las cosas

Desde el Génesis hasta los relatos de la India, Egipto, Grecia o China, los grandes mitos de la creación no solo explicaron el nacimiento del universo, sino también el sentido de la vida, la muerte y el destino humano

El Anciano de Días, de William Blake (1794) | Wikipedia

La necesidad de explicar el origen del mundo es una de las constantes más profundas de la experiencia humana. Mucho antes de que la ciencia ofreciera modelos cosmológicos o teorías sobre la evolución de la vida, las sociedades ya habían construido relatos para responder a la misma pregunta. Cómo empezó todo. En esa búsqueda no solo intentaban aclarar el nacimiento del cielo, la tierra o los seres vivos. También trataban de comprender el lugar del ser humano en el universo y la lógica moral que debía regir su existencia.

Por eso, los grandes mitos de la creación no deben leerse como simples ficciones ingenuas. Son, en realidad, una forma primitiva pero poderosa de pensamiento. En ellos cada cultura proyectó su idea del orden, del caos, de la divinidad y de la fragilidad humana. Aunque sus imágenes sean distintas, muchas veces sus estructuras profundas se parecen más de lo que cabría esperar.


Del Génesis al sacrificio cósmico

Uno de los relatos más conocidos es, sin duda, el del Génesis, compartido en su base por las tradiciones judía, cristiana y musulmana. En él, Dios crea el mundo en una secuencia ordenada de seis días. La luz, los cielos, la tierra, los astros, los animales y finalmente el ser humano aparecen como resultado de un acto consciente de voluntad divina. El universo no nace del conflicto ni del accidente, sino de una decisión que establece desde el principio una jerarquía y un sentido.

Dentro de ese mismo marco se sitúa la creación de Adán y Eva, que introduce una segunda idea decisiva. El ser humano no solo ha sido creado, también ha sido puesto a prueba. La caída del Edén no explica únicamente la pérdida del paraíso, sino el origen del dolor, del trabajo, del sufrimiento y de la muerte. La creación, por tanto, queda desde el principio unida a la responsabilidad moral.

Sin embargo, no todas las culturas imaginaron el origen como una obra ordenada y serena de un dios único. En la tradición védica, una de las más antiguas del mundo indio, el cosmos surge del sacrificio de Purusha, una divinidad primordial cuyo cuerpo desmembrado da forma a la realidad. De su cabeza, de sus ojos y de sus miembros nacen los elementos del universo y también el orden social. Aquí el mundo no se crea desde fuera. El mundo se forma a partir de un cuerpo sagrado destruido.

Esta diferencia es importante. Mientras el Génesis presenta una creación por separación y ordenación, el mito de Purusha propone una creación por sacrificio y transformación. Ambos relatos intentan resolver la misma cuestión, pero lo hacen desde modelos simbólicos muy distintos.


El huevo cósmico y las aguas primordiales

En la antigua China, los relatos cosmogónicos introducen otra imagen poderosa. Antes del mundo existía un huevo cósmico que contenía el equilibrio entre el yin y el yang. En su interior habitaba P’an Ku, cuya expansión terminó rompiendo ese espacio originario. A partir de ahí comienza la diferenciación del universo. Pero el mundo no queda plenamente constituido hasta la muerte del propio P’an Ku, cuyo cuerpo se transforma en tierra, rocas, astros y elementos naturales.

La idea no es tan distinta de la que aparece en la India. El mundo surge de una unidad primordial que debe romperse para que exista la pluralidad. Crear equivale, de algún modo, a fracturar una totalidad anterior.

En el antiguo Egipto, el comienzo adopta otra forma. La vida emerge desde las aguas de Nun, una masa acuática primigenia de la que surge Atum, el dios creador. A partir de él nacen otras divinidades que van configurando el cielo, la tierra y la humanidad. Es un relato donde el origen está ligado al agua, al nacimiento y a la emergencia progresiva del orden desde una realidad indistinta.

Este motivo de las aguas primordiales es especialmente revelador. Aparece en distintas tradiciones porque el agua representa, al mismo tiempo, fertilidad y amenaza, origen y disolución. Es una materia que no tiene forma propia, pero de la que puede nacer cualquier forma.


Caos, dioses y orden en el mundo griego

La tradición griega ofrece un modelo particularmente complejo. En la Teogonía de Hesíodo, al principio no existe un creador único, sino el Caos, del que van surgiendo entidades fundamentales como Gaia, Tártaro, Nyx o Eros. El cosmos no es el resultado de una voluntad única, sino de una genealogía divina en la que el orden se construye poco a poco.

Más adelante, la filosofía griega reelabora este esquema. En Platón, a través del mito del Demiurgo, aparece la idea de una divinidad organizadora que no crea la materia desde la nada, sino que la ordena conforme a una racionalidad superior. Esta visión es importante porque anticipa una forma distinta de pensar el origen. Menos narrativa, más especulativa. El mito no desaparece, pero empieza a convivir con la filosofía.

Esa convivencia entre relato sagrado y reflexión racional es uno de los rasgos más interesantes del mundo antiguo. No había una separación tajante entre religión, cosmología y pensamiento. Todo formaba parte de la misma necesidad de comprender el universo.


La creación no termina con la vida

Los mitos del origen no se limitan a explicar cómo comenzó el mundo. También se prolongan hacia otra pregunta inevitable. Qué ocurre después de la muerte. Una vez creada la vida, surge la necesidad de dar sentido a su final.

Por eso casi todas las grandes tradiciones desarrollaron imágenes del paraíso y del inframundo. En el cristianismo, el Cielo aparece como destino último de las almas justas, aunque su consumación definitiva queda vinculada al fin de los tiempos. En el judaísmo, la Nueva Jerusalén se convierte en símbolo de plenitud escatológica y restauración final. En el mundo grecolatino, los Campos Elíseos ofrecen una versión pagana del lugar reservado a los héroes y, con el tiempo, a los hombres virtuosos.

Estas concepciones no son simples añadidos. Forman parte del mismo sistema que explica la creación. Si el mundo tiene un origen ordenado, también debe tener un desenlace justo. El más allá funciona así como una prolongación del orden moral que no siempre puede realizarse plenamente en la vida terrenal.


Infierno, castigo y geografía del más allá

Frente a la promesa del paraíso surge casi siempre su reverso. El espacio del castigo. En la tradición griega ese lugar fue el Hades, inicialmente concebido como el destino común de los muertos. Con el tiempo, el mito se volvió más complejo y se introdujo la idea de una diferenciación moral. Algunas regiones del inframundo, como el Tártaro, quedaron asociadas al castigo de las almas culpables, mientras otras, como los Campos de Asfódelos, acogían existencias más grises y vacías.

Los griegos imaginaron incluso una auténtica geografía del más allá. El lago o río Aqueronte, la figura de Caronte, el óbolo pagado por el difunto, el paso al otro mundo. Todo ello muestra hasta qué punto el inframundo no era una abstracción, sino un espacio narrativamente estructurado.

El infierno cristiano heredó parte de estas imágenes, fusionándolas con la tradición hebrea del Gehinnom, asociado al fuego y a la impiedad. Más tarde, la literatura medieval, y sobre todo Dante, dio a esta idea una forma visual y moral de enorme potencia, hasta el punto de marcar la imaginación occidental durante siglos.

En todos estos casos, el castigo eterno cumple una función esencial. No solo sanciona el mal, sino que refuerza la lógica moral del universo. El mundo ha sido creado con un sentido, y desviarse de él tiene consecuencias.


El diluvio como memoria universal del colapso

Entre los mitos comparados, pocos resultan tan llamativos como el del diluvio universal. La historia de Noé en la Biblia es la más conocida, pero no es en absoluto la única. En la tradición sumeria aparece Ziusudra. En la babilónica, Atrahasis. En la India, Manu. En Grecia, Deucalión.

La estructura se repite con una constancia sorprendente. La humanidad ha incurrido en una falta, o simplemente ha alcanzado un estado crítico. Los dioses deciden su destrucción mediante una inundación total. Un elegido recibe el aviso, construye una embarcación y preserva en ella a seres humanos, animales o semillas. Tras la catástrofe, el mundo recomienza.

Las diferencias entre versiones son importantes, pero la lógica es común. El diluvio expresa la idea de que el mundo puede reiniciarse. De que la destrucción no implica necesariamente el final absoluto, sino una purificación o una reordenación. Ese motivo resulta tan persistente porque articula dos temores fundamentales. El miedo al colapso total y la esperanza de que algo pueda sobrevivir para empezar de nuevo.


El fin del mundo como nuevo comienzo

La misma lógica aparece en los relatos sobre el fin de los tiempos. En el cristianismo, la parusía, la resurrección de los muertos, el juicio final y la llegada del Anticristo forman parte de un mismo esquema escatológico. No se trata solo del fin del mundo, sino del tránsito hacia una nueva realidad en la que los justos serán recompensados y los impíos castigados.

El judaísmo introduce aquí sus propios elementos, como la expectativa de la reconstrucción del Tercer Templo de Jerusalén, signo visible de una nueva era mesiánica. El budismo, pese a pertenecer a un sistema religioso muy distinto, también desarrolla una dimensión escatológica con la figura de Maitreya, el Buda futuro que traerá una nueva etapa de iluminación.

Todo esto revela una estructura mental compartida. Las religiones no solo explican el principio, también proyectan un final. Y ese final casi nunca es mera aniquilación. Es, más bien, una transformación radical del orden del mundo.


Lo que los mitos dicen sobre nosotros

La persistencia de estos relatos no puede explicarse solo por transmisión cultural o por préstamos entre civilizaciones. Hay algo más profundo. Todos ellos responden a preguntas universales que acompañan al ser humano desde sus orígenes. Cómo empezó el mundo, por qué existe el mal, qué ocurre después de la muerte, si la historia tendrá un final y qué sentido tiene la vida dentro de ese marco.

Por eso los mitos siguen siendo importantes. No porque expliquen el cosmos en términos científicos, sino porque muestran cómo las sociedades antiguas organizaron intelectualmente la experiencia de existir. En ellos está la huella de una necesidad constante. La de convertir el desconcierto en relato, el miedo en explicación y el caos en un orden inteligible.

Antes de que existieran la cosmología, la biología o la historia crítica, los seres humanos ya estaban intentando comprenderlo todo. Y lo hacían con las herramientas que tenían a su alcance. La imaginación, la analogía, la memoria colectiva y el símbolo.

En ese sentido, los mitos del origen no son un estadio superado del pensamiento. Son una forma temprana, pero profundamente humana, de enfrentarse a las preguntas que todavía hoy seguimos haciéndonos.

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