Tras las huellas de Homo sapiens en la selva de Guinea Ecuatorial
Un proyecto en el oeste de África estudia primates actuales, herramientas de piedra y paisajes tropicales para comprender mejor dónde y cómo surgió nuestra especie
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| Parque Nacional Malabo, Guinea Ecuatorial | La Razón |
En la densa selva de Guinea Ecuatorial, donde la humedad no da tregua, la vegetación apenas deja ver a dos metros y cada jornada exige abrirse paso entre pendientes, insectos, serpientes y barro, un grupo de investigadores persigue una pregunta tan antigua como decisiva. Dónde, cuándo y cómo surge Homo sapiens. No lo hacen en los grandes escenarios clásicos de la paleoantropología africana, sino en una región mucho menos explorada, el oeste de África, allí donde la selva ecuatorial todavía guarda más incógnitas que respuestas.
El proyecto, desarrollado por el Grupo de Paleoantropología del Museo Nacional de Ciencias Naturales-CSIC desde 2014, con investigadores como Antonio Rosas y Antonio García Tabernero, se mueve en dos planos a la vez. Por un lado, busca rastros directos del pasado mediante prospecciones arqueo-paleoantropológicas. Por otro, estudia el presente, en concreto el comportamiento y el desplazamiento de los gorilas y chimpancés que viven hoy en estos bosques lluviosos. La idea no es romántica ni improvisada. Parte de una intuición profunda de la tradición evolutiva, según la cual los antepasados y sus descendientes tienden a habitar territorios relacionados.
Esa doble vía convierte la selva en algo más que un escenario. Es un laboratorio vivo para pensar la evolución humana desde una región que durante mucho tiempo ha quedado fuera del foco principal de las investigaciones.
Un territorio poco explorado en la historia de la humanidad
Cuando se habla del origen humano en África, los nombres que suelen aparecer son Etiopía, Kenia o Tanzania. Allí se concentra una parte muy importante del registro fósil conocido y, con él, gran parte del relato científico sobre nuestros orígenes. En cambio, la franja selvática del golfo de Guinea ha permanecido comparativamente al margen.
Las razones son varias. La propia naturaleza del terreno dificulta enormemente la investigación. La selva es cerrada, húmeda, abrupta y compleja. Moverse en ella resulta incómodo, orientarse es difícil y excavar con continuidad exige un esfuerzo logístico mucho mayor que en espacios más abiertos. A eso se suma otro problema todavía más serio para la paleoantropología. Las condiciones geológicas y climáticas de la selva lluviosa no favorecen la conservación de fósiles.
Por eso, aunque esta región puede haber sido uno de los focos fundamentales en la evolución de nuestra especie, su historia profunda sigue siendo mucho menos conocida que la del este africano. Y precisamente ahí reside la importancia del proyecto. No se limita a rellenar un vacío geográfico. Intenta abrir una vía nueva para comprender la diversidad de escenarios en los que pudo gestarse Homo sapiens.
Monte Alén, la selva como archivo y obstáculo
Una de las zonas centrales del trabajo de campo es el Parque Nacional de Monte Alén, un espacio selvático de unos 2.000 kilómetros cuadrados. Allí viven hasta 17 especies distintas de primates, y el equipo lo recorre para observar cómo se mueven, cómo ocupan el espacio y cómo se relacionan con ese entorno.
Pero antes de poder estudiar nada, hay que soportar las condiciones del lugar. La descripción de los investigadores es elocuente. Temperaturas que no suelen superar los 30 grados, pero con humedades del 80 o 90%, ropa que nunca llega a secarse salvo con el humo del fuego del campamento, visibilidad casi nula por la densidad vegetal y la obligación constante de subir y bajar desniveles. A ello se añaden los animales venenosos o potencialmente peligrosos, como la víbora de Gabón, la mamba verde, diversas hormigas agresivas y, por supuesto, los mosquitos transmisores de enfermedades.
La selva, en este contexto, no es solo el objeto de estudio. Es también un agente activo que condiciona cada fase del trabajo. Obliga a caminar durante días, a pasar noches en tiendas de campaña cerradas con cuidado extremo y a depender del conocimiento de guías locales, esenciales para orientarse y desplazarse. Todo ello hace que la investigación en este tipo de paisajes sea lenta, física y muy distinta a la imagen idealizada que a menudo proyectamos sobre el trabajo de campo.
Mirar a los primates para pensar a los antepasados
Uno de los rasgos más originales del proyecto es su insistencia en estudiar a los primates actuales no como curiosidad zoológica, sino como herramienta comparativa para pensar el pasado humano. Según explica Antonio Rosas, la inspiración remite a una idea ya formulada por Charles Darwin. Los antepasados de las especies actuales suelen haber vivido en territorios relacionados con los que hoy ocupan sus descendientes.
En ese marco, el hecho de que los gorilas y chimpancés habiten las selvas del cinturón ecuatorial africano convierte este espacio en una región crucial para pensar el origen humano. No porque esos animales sean nuestros antepasados directos, sino porque su observación puede aportar pistas sobre el tipo de ambientes, desplazamientos y comportamientos que caracterizaron a formas humanas muy antiguas.
La comparación no es sencilla. Los investigadores no pueden habituar a los primates a la presencia humana como ocurre en otros parques africanos, y la vegetación impide muchas veces seguirlos visualmente. Por eso recurren a cámaras trampa, que se activan con el movimiento de los animales y permiten registrar sus trayectorias y hábitos sin interferir directamente en su comportamiento.
De este modo, el estudio del presente se convierte en una forma indirecta de interrogar el pasado. No ofrece respuestas automáticas, pero sí un marco ecológico y conductual indispensable.
Sin fósiles, pero con herramientas
Hasta ahora, el proyecto no ha encontrado los fósiles humanos antiguos que cabría esperar en una investigación de este tipo. Los propios investigadores lo explican con claridad. La selva no conserva bien ese tipo de restos. Pero eso no significa ausencia de evidencia.
En distintos puntos del territorio han aparecido industrias líticas, en particular pequeñas piezas talladas y restos de talla que indican actividad humana en la región desde hace más de 43.000 años. Se trata de puntas de piedra asociadas a astas de madera, probablemente utilizadas como lanzas, así como de los fragmentos y desechos producidos durante la fabricación de esas herramientas.
Estas evidencias no permiten reconstruir un rostro ni una anatomía, pero sí demuestran presencia humana y actividad técnica en la selva del oeste africano. En un territorio donde la ausencia de fósiles puede dar la falsa impresión de vacío, estas herramientas actúan como una prueba material de ocupación y adaptación.
El reto futuro pasa por localizar contextos donde la conservación sea mejor. Uno de los objetivos señalados por el equipo es la búsqueda de cráteres de volcanes antiguos, capaces de haber funcionado como trampas naturales para animales y, potencialmente, como contextos favorables para la preservación de restos fósiles.
Un origen humano más amplio de lo que parecía
El trasfondo de toda esta investigación es un debate de gran alcance. El surgimiento de Homo sapiens no tiene por qué explicarse desde un único núcleo geográfico estrechamente delimitado. La insistencia en el este de África ha respondido, en buena medida, a la abundancia del registro conocido. Pero eso no equivale necesariamente a una exclusividad histórica.
La selva del oeste africano plantea la posibilidad de que el proceso evolutivo de nuestra especie tuviera una dimensión más amplia y diversa, con focos regionales poco estudiados hasta ahora. El célebre modelo del “Out of Africa”, que describe la expansión humana fuera del continente, no agota el problema. También hubo dispersiones y transformaciones dentro de África, y ahí el oeste sigue siendo un territorio todavía poco comprendido.
En este sentido, Guinea Ecuatorial no es una periferia del relato evolutivo. Puede ser una pieza clave de un puzzle que durante demasiado tiempo se ha construido con lagunas enormes en uno de sus flancos.
La selva como regreso y extrañeza
Hay una dimensión casi paradójica en este trabajo. Los investigadores regresan a un entorno que, desde una perspectiva evolutiva profunda, forma parte del origen remoto de nuestra historia biológica. Y, sin embargo, el cuerpo humano actual ya no está adaptado a vivir en un espacio así. Como recuerda Antonio Rosas, abandonamos este tipo de ambientes hace millones de años y nuestro organismo está mejor hecho para los espacios abiertos que para la selva cerrada.
Por eso el trabajo de campo en Guinea Ecuatorial tiene también algo de confrontación con una memoria evolutiva perdida. No se trata solo de investigar un paisaje, sino de enfrentarse a un medio que en otro tiempo estuvo más cerca del horizonte ecológico de nuestros antepasados que del nuestro.
Comprendernos en un lugar que aún resiste
La investigación en Guinea Ecuatorial avanza sin la espectacularidad de un gran fósil humano, pero con una solidez que quizá resulte más importante a largo plazo. Está delimitando un territorio, registrando herramientas, observando primates, ensayando hipótesis y abriendo una línea de trabajo en una región que durante mucho tiempo apenas había sido incorporada al gran relato sobre el origen humano.
Eso la convierte en algo más que una exploración difícil. La convierte en una corrección de perspectiva. Nos recuerda que la historia de Homo sapiens no puede escribirse solo desde los lugares donde el registro ha sido más generoso, sino también desde aquellos donde el paisaje ha ocultado mejor sus rastros.
En la selva de Guinea Ecuatorial, entre la humedad persistente, los árboles cerrados y los movimientos rápidos de los primates, los investigadores no están simplemente buscando fósiles. Están intentando reconstruir una parte olvidada de la geografía de nuestra especie. Y en ese esfuerzo hay una idea de fondo que sigue siendo esencial. Conocer nuestro pasado no es una curiosidad erudita. Es una forma de comprender mejor quiénes somos.

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